I. PUNTO DE PARTIDA
A lo largo de los siglos se han forjado distintas civilizaciones en torno a un único precepto: el dominio del hombre sobre la mujer. Este yugo se perpetró a través de un sistema en el que el padre, el marido, el hermano, o cualquier varón que representase a la familia era quien debía ejercer la jefatura de la familia. En la Antigüedad clásica, la sociedad romana, muy avanzada en cuanto a disciplinas como la ingeniería y la arquitectura, estableció que los hombres debían ser los regidores de la familia, entendiendo esta construcción social como una institución.
​

Lectura de la tragedia de Voltaire del huérfano de China en el salón de Marie Thérèse Rodet Geoffrin // Anicet Charles Gabriel Lemonnier
El régimen patriarcal evolucionó conforme a las necesidades de cada época. Para entender cómo se gestaron las estructuras sociales que todavía imperan en la actualidad, hay que echar la vista atrás. En los siglos XV y XVI, cuando se edificó el Estado moderno, la población femenina sufrió un nuevo revés. Los ‘padres’ de la Ilustración –Montesquieu, Rousseau y Voltaire– desproveyeron a las mujeres de su atribución como ciudadanas. La perspectiva androcéntrica de estos autores afianzó el compromiso con la búsqueda de la igualdad por parte de diferentes colectivos de intelectuales, que impugnaron la exclusión de la mujer del nuevo contrato social.
Una de las máximas expresiones del patriarcado fue el matrimonio, que consolidaba la supremacía del hombre sobre la mujer. Aunque como ya se indicó, conforme evolucionó la sociedad, aparecieron nuevas formas de exclusión y opresión.
​
La incorporación de las mujeres al trabajo como empleadas asalariadas generó una gran discordancia entre los economistas de la época. El consenso era que las trabajadoras debían percibir una nómina inferior a la de los proletarios, aunque desempeñasen el mismo cargo. El padre del liberalismo económico, Adam Smith, consideraba que las mujeres estaban sujetas al sustento económico de sus maridos. Detrás de esta idea subyace uno de los fundamentos del patriarcado: la emancipación económica de la mujer supone arrebatarle al varón el rol de paterfamilias que le otorgaba la tutela de su cónyuge, tal y como se había estipulado en la civilización romana.
​

Perfil de Adam Smith creado en 1787 // James Tassie
El feminismo constituyó un terremoto que revolucionó las ideas propugnadas por la Ilustración. Los avances sociales que supusieron la construcción de la democracia liberal y las declaraciones de derechos, quedaron opacados por la regresión de la aspiración de las mujeres de ser reconocidas, al fin, como ciudadanas del mundo.
​
La expansión del conocimiento y el aumento de la capacidad de participación política estimularon la proliferación de las ideas feministas. Algunas mujeres se rebelaron ante los estamentos de poder que les habían negado hasta entonces derechos básicos como el acceso a la educación. Retomando las ideas de teóricos como Adam Smith, la desigualdad salarial se convirtió en uno de los aspectos centrales en el discurso feminista durante las revoluciones acaecidas en 1848. El fin del absolutismo coincidió con la publicación de la Declaración de Seneca Falls (1848), un manifiesto en el que 70 mujeres y 30 hombres reclamaban igualdad de derechos entre sexos. La firma de este documento fue una de las claves que más tarde desembocaría en el movimiento sufragista.
