III. CAMINO DE SIGLOS
La tradición del periodismo femenino en España comienza alrededor de los años 1687 y 1689, cuando Francisca de Aculodi imprimió en Gipuzkoa una hoja titulada Noticias Principales y Verdaderas, una reproducción bimensual de otro periódico escrito en castellano, pero que se publicaba en Bruselas (cuando todavía pertenecía al territorio español de Flandes). De Aculodi incorporaba noticias locales que ella misma recogía y escribía.
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No es hasta la mitad de siglo XVIII cuando germina realmente el periodismo feminista español. La primera publicación periódica feminista tiene lugar en Cádiz, La Pensadora Gaditana, de Beatriz Cienfuegos. Según recogió el historiador Pedro Gómez Aparicio, por ese entonces estaba teniendo lugar la decadencia del periodismo “tradicional, espontáneo y artesano” y empezaba a organizarse el que más tarde se postularía como cuarto poder.
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A partir de entonces, surge la función crítica de las publicaciones periódicas e incluso algunos muestras de prensa revolucionaria. La autora del libro La mujer y la información, Sara Andrés García, relata que en 1762, el rey Carlos III quiso que la prensa se convirtiese en un instrumento de educación popular. Para ello, suprimió mediante Real Orden los obstáculos que se oponían al desarrollo de una prensa cercana a todo el pueblo, como la censura o los reglamentos.
Volviendo a La Pensadora Gaditana, este discurso moral de 24 páginas que se publicaba cada semana supuso el inicio de un avance notable en materia de derechos de la mujer, que se vieron frenados cuando el monarca Carlos IV denegó la autorización de publicar en 1795 la revista El diario del bello sexo.
En la primera mitad del siglo siguiente, este aperturismo de mente a favor de la defensa de la mujer cesó. Periódicos como El Correo de las Damas, se centraban en moda, literatura, vida familiar u ocio. En sus líneas no presentaban ningún ápice de crítica y tampoco se cuestionaba el papel de la mujer.
La llegada de la sociedad liberal enunciada por primera vez en la Constitución de 1812 (popularmente denominada “La Pepa”) y consolidada durante el reinado de Isabel II, ocasionó una nueva vuelta de hoja. En Madrid, en 1850, la desigualdad entre hombres y mujeres se hacía más visible. Es en esa época muchas mujeres de clase alta empezaron a tomar conciencia de la importancia de tener derecho a una educación igualitaria. Como respuesta se fundaron numerosas publicaciones que se abanderaron de la lucha feminista. Una de ellas fue la revista Ellas, fundada por María Alicia Pérez de Gascuña.
“Nosotras, amazonas del siglo XIX, aspiramos a llevar la revolución adelante. Para ello, contamos con nuestro sexo, que en masa nos ayudará con lengua y pluma esta profesión de feminista”
Esta revista llegó a ser concebida como “órgano oficial del sexo femenino”. Allí fueron colaboradoras periodistas de la talla de Ángela Gianni o Carolina Coronado. “Nosotras, amazonas del siglo XIX, aspiramos a llevar la revolución adelante. Para ello, contamos con nuestro sexo, que en masa nos ayudará con lengua y pluma esta profesión de feminista”, escribió Coronado. Esta nueva cabecera consideró la instrucción de la mujer como sinónimo de emancipación, a la vez que criticó la educación que hasta entonces se había impartido entre la población femenina. Esta publicación quiso ser un ejemplo de alejamiento del modelo de prensa femenina hasta entonces, el de “modas y salones”. Esta revista publicó su último número en 1851.
Siete años más tarde vio la luz El Pensil de Iberia (uno de los seis nombres del histórico Pensil Gaditano), dirigido por Margarita Pérez de Celis y María José Zapata. Mediante el estilo empleado, surge por primera vez la idea de una conciencia de clase y género. A través de sus páginas, se denunciaba el estado social en el que vivían las mujeres. Un ejemplo que lo confirma es el ensayo Injusticia social, escrito por Pérez de Celis.
Simultáneamente hubo una oleada de periódicos bajo la dirección de mujeres que se preocupaban por la formación de la mujer, como es el caso de El Ángel del Hogar que, desde una posición católica, reivindicaba el derecho de las mujeres trabajasen fuera de casa –en caso de necesidad–.
La promulgación de la Constitución de 1869 durante el periodo histórico denominado “Sexenio Democrático” constituyó un nuevo hito en la ampliación de los derechos y las libertades de las mujeres. A partir de este momento, Faustina Sáez de Melgar funda el periódico La Mujer, que difundió el ideal inglés de mujer fuerte, independiente y digna –sin apartarse de los deberes que la tienen encadenada al hogar–.
Tal y como relatan algunos libros históricos, como Voces de mujeres. Periodistas españolas del siglo XX nacidas antes del final de la guerra civil de Bernardo Diaz Nosty, la orientación progresista de las mujeres fue bastante frecuente en periódicos y revistas. Su presencia en el Desastre del 98 tuvo especial importancia para las siguientes generaciones, que se arriesgaron a ir a contracorriente y a acceder a una actividad dominada por hombres.
En 1895 se constituyó la Asociación de Prensa de Madrid (APM) y entre los 173 fundadores de la APM solo había una mujer, Jesusa Granda, colaboradora del diario El Globo.
El siglo XX fue un período convulso marcado por guerras, pero también por la reclamación de múltiples derechos que bien no estaban siendo reconocidos o habían sido suprimidos. En la España de ese entonces, que una mujer escribiese en un periódico no suponía algo novedoso, pero si lo era que pudiese ostentar el título de redactora. Antes de ser consideradas como periodistas, las mujeres eran escritoras, pensadoras o intelectuales.
Una de las primeras profesionales reconocidas fue Carmen de Burgos Seguí, conocida también bajo su pseudónimo, Colombine, y reconocida como la primera mujer periodista. Como periodista, empleó la posición en la que se encontraba para luchar a favor de los derechos de las mujeres. En su paso por el periódico madrileño Diario Universal tenía una columna llamada “Lecturas para mujeres” en la que hablaba sobre encajes, vestidos, literatura… Ahí también plasmó sus ideas revolucionarias e inició campañas de sensibilización a favor del divorcio o del voto femenino.
Sus coetáneas escribían sobre todo tipo de temas catalogados como “de mujeres”, pero también de temas de actualidad que les afectaban a sus derechos, puesto que, a finales del siglo XIX, se comenzaba a cuestionar el rol social que se les había impuesto a las mujeres. Aunque a de Burgos se le catalogue como la primera corresponsal en España, hubo otras que abrieron esa senda anteriormente, como Concepción Arenal; Sofía Casanova, que firmó crónicas de sucesos históricos vividos por ella misma de la revolución rusa (incluso entrevistó a Leon Trotsky) o Emilia Pardo Bazán, pionera en ser corresponsal en el extranjero. Las gallegas padecieron el machismo imperante. Por ejemplo, Arenal fue definida como “un ser varonil física e intelectualmente” y Pardo Bazán, pese a su trayectoria estelar, nunca formó parte de la Real Academia Española de la Lengua.
Volviendo al escrito de Díaz Nosty, en lo que a voces femeninas se refiere, existen historias similares. Pocas consiguieron entrar sin valerse de su posición social. La Segunda República, trajo los primeros signos de igualdad. El movimiento sufragista se consagró el 1 de octubre de 1931, cuando las mujeres ejercieron por primera vez su derecho a voto. Una de los grandes referentes fue Clara Campoamor, quien sintetizó este momento histórico de la siguiente forma: “La libertad se aprende ejerciéndola”.

Clara Campoamor // Woman Leader
Las mujeres, además del poder de voto, también adquirieron relevancia social, cultural y profesional. En este momento histórico destaca la periodista Josefina Carabias, representante de una sociedad nueva en la que la mujer adquiere protagonismo y toma posiciones a paso lento.
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No obstante, cinco años más tarde de este hito, tuvo lugar el estallido de la guerra civil española (1936 – 1939), que truncó los avances del período anterior. Del mismo modo que Madrid, a nivel prensa, Barcelona representaba otro de los focos más destacados. Su cabecera más significativa fue La Vanguardia, fundada en 1881 por la familia Godó. Una de sus redactoras más célebres fue María Luz Morales, quien ingresó en la plantilla en 1924 escribiendo para una sección bajo el pseudónimo “Felipe Centeno”. Durante la guerra civil fue su directora. Este cargo la llevó a ser detenida durante 40 días al terminar el conflicto y no pudo emplear su firma durante mucho tiempo. Además de ella, durante la guerra diferentes mujeres asumieron por primera vez responsabilidades de dirección en diarios de información general en España: Regina García en La Voz (Madrid), Anna Muria en el Diari de Cataluña (Barcelona) y Matilde Zapata en La Región (Santander).

Miliciana posa con un rifle sobre un cañón en Barcelona, 1936
Durante los años previos a la guerra civil, en Barcelona, también ejercía el periodismo Irene Polo, quien destacó por emplear un estilo directo e irónico. A partir de 1932, con motivo de las elecciones al parlamento catalán, Polo asumió el compromiso de denunciar las condiciones de vida de los trabajadores, de los mineros y de los migrantes, por lo que empezó a trabajar más en la sección de política y colaboró en la creación de la Agrupación Profesional de Periodistas.
La guerra terminó con el triunfo del bando golpista, liderado por Francisco Franco Bahamonde. El nivel cultural y educativo de las mujeres retrocedió con el fin de relegarlas a las tareas del hogar “encauzándolas y alejándolas de la pedantería feminista”. Previamente, en el Foro de Trabajo de 1938, ya se había decidido que el rol de la mujer era quedarse recluida en casa. La discriminación salarial estaba a la orden del día. El franquismo retomó una campaña de propaganda androcéntrica, acentuándose el contraste con la presencia femenina durante el período republicano.
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Durante los primeros años del franquismo, concretamente en 1941, la Sección Femenina, un órgano institucional que tutelaba a las mujeres, creó las Escuelas del Hogar, cuyo fin era formar a la “ama de casa perfecta”, instruyéndola en tareas como la costura. Bajo el juicio de este órgano, había profesiones “aptas” para la mujer como maestra, telefonista o modista y “no aptas”, donde se incluía el periodismo. A pesar de las reticencias, ese mismo año, exactamente el 17 de noviembre de 1941 se fundó la Escuela de Periodismo, que en sus inicios llevaba a cabo un control ideológico de sus candidatos y sus plazas eran limitadas a aquellas personas que estuviesen adheridas a los principios fundacionales del régimen.
Aquellas mujeres que trabajaban en los medios de comunicación solo lo podían hacer desde las revistas de la Sección Femenina o en magazines de variedades y moda. A finales de los años 40, las mujeres volvieron a incorporarse a los diarios de forma paulatina. Una de ellas fue la ya mencionada Josefina Carabias, que trabajó en el diario Informaciones. Carabias escribía bajo un pseudónimo, Carmen Moreno, hasta que recuperó su firma en 1950. Un año más tarde, le concedieron el premio Luca de Tena. Junto a ella, también estaban en las plantillas de los medios personalidades como Pilar Narvión, Pura Ramos y Mary G. Santa Eulalia. Narvión fue una de las primeras mujeres en formarse en la Escuela de Periodismo y llegó a ser subdirectora del diario Pueblo, una publicación clave en la incorporación de la mujer al periodismo, puesto que ahí se constituyó una gran cantera de periodistas femeninas.
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Se trató de un proceso muy lento en el que las barreras estaban latentes. De hecho, según se recoge en el libro Nosotras que contamos: Mujeres periodistas en España de Inés García-Albi Gil de Biedma, a periodistas como Mary G. Santa Eulalia le denegaron la entrada en la agencia EFE porque “la estaría vigilando todo el mundo y allí no trabajaría nadie si entraba una mujer”. Esa misma agencia, en los años 60, recogía en sus estatutos expresamente que solo se contrataría a hombres porque “el periodista debe hacer mucha calle y eso era peligroso para las mujeres”. En el libro La historia de la agencia EFE, escrito por Víctor Olmos, se cita solo a tres mujeres en plantilla hasta el año 1965. Una de las primeras delegadas en España fue Margarita Riviére, quien se hizo cargo de la delegación de Barcelona desde 1988 hasta 1992.
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Las redacciones seguían estando ocupadas por periodistas que se habían formado durante la dictadura. En la conocida “prensa del movimiento” muchas mujeres desarrollaron su trayectoria. Entre 1975 y 1976, tras la muerte de Franco, se cerraron un total de cinco periódicos de los 40 que formaban parte de este grupo. Los últimos años de La Cadena estuvieron dirigidos por primera vez por una mujer, Malena Aznárez.
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Tras la muerte de Franco en 1975, comenzó una etapa fuertemente politizada y marcada por la transición cara la democracia. Es en esos años cuando la prensa feminista adquiere cierta carta de naturaleza, donde despunta la revista Vindicación Feminista. Esta publicación nació en 1976 y fue dirigida por Carmen Alcalde. En ella colaboraron, entre otras, Maruja Torres, Carmen Sarmiento o Pilar Aymerich. Su objetivo “generar el debate y ofrecer la información y la denuncia sobre la situación de la mujer”.
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Durante dos años, de julio de 1976 a julio de 1978, la revista apareció de forma regular. Esta revista publicó un total de 30 números en sus tres años de existencia. Aun así, tuvo dificultades debido a la ley de prensa que todavía se encontraba vigente del régimen anterior: la Ley 14/1966, de 18 de marzo, de prensa e imprenta, impulsada por el ministro franquista de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne. Por esa razón, el número 15 sufrió una orden de secuestro y tres procesos judiciales. A pesar de estos problemas legales Vindicación Feminista mantuvo su espíritu crítico en temas como la Constitución o la forma de Estado y llegó a ser un referente importante del feminismo durante la Transición. Finalmente, la revista se despidió en 1979, un año después de aprobarse la Constitución.
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En este período histórico, destacaron mujeres como Pilar Urbano o Victoria Prego, por ponerle voz a lo que estaba ocurriendo, gracias a sus piezas informativas o a sus extensas crónicas, demostrando que las mujeres eran igual de profesionales que sus compañeros masculinos.
